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Comencé esta columna tres veces. Inicié una antes del huracán, otra durante y esta que es la última versión. A medida que iban sucediendo los acontecimientos que nos afectaron la semana pasada, me preguntaba si lo que escribía realmente tenía sentido o era pertinente. Me cuestioné si no era un poco egoísta hablar sobre la autoestima y la aceptación en un momento en el que miles de personas se quedaron sin hogar y otros perdieron la vida tras el paso del  huracán por el Caribe y Florida.  

 

Como parte del proceso de reflexión sobre esta columna, decidí hacer lo que hace unos meses no hacía: salir a correr. El calor infernal en la casa, la espera del restablecimiento de la energía eléctrica, el estrés y la frustración por la devastación en San Martín y Barbuda, el dolor por las familias puertorriqueñas de Loíza que perdieron sus casas, me provocaron ansiedad. Me puse los tenis y bajo el incandescente sol de las doce del mediodía salí de casa. Caminé / troté 5 kilómetros. Por la ruta vi el resultado de la naturaleza contra la naturaleza. El paseo de los niños, que va desde mi casa hasta el Museo del Niño, en Carolina, estaba casi cubierto por las ramas de los árboles. Unos cuantos fueron arrancados de raíz. 

 

Cuando llegué a mi parque y pista de trotar, se mi hizo un taco en la garganta. El noventa por ciento de los árboles están caídos o con grandes ramas partidas. Me ejercitó allí desde que era una adolescente. Es uno de los lugares más bonitos de mi pueblo y en donde he encontrado una inmensa paz en momentos de tristeza. A pesar de la pena que me causó ver a mi parque destruido, pensé en qué somos como seres humanos  y lo grandiosa que es la naturaleza. Los árboles partidos y muertos de mi parque son naturaleza, pero los huracanes también. Hay cosas que los humanos no podemos controlar, y los huracanes están en esa lista. Y si lo pensamos bien: cuántas cosas no están bajo nuestro total dominio. Para el huracán, podíamos prepararnos lo mejor que pudiéramos, y luego, nos tocó esperar. Por más que hubiera querido, no estaba a mi alcance ir a amarrar los cientos de árboles que había en mi parque. Así también es la vida: debemos prepararnos lo mejor que podamos y darnos cuenta que hay cosas que son imposibles… 

 

En mi recorrido, me percaté de que los árboles que habían sobrevivido, además de haber salido ilesos, tenían sus hojas limpias y brillosas. Irma los embelleció. Y esa es una de las muchas funciones de estos fenómenos que catalogamos como monstruos, maldiciones, castigos o demonios: renuevan la naturaleza, enfrían las aguas del Planeta, mueven las estancadas y salvan a los bellos corales. Así nos sucede a los humanos; después de un golpe fuerte, nos renovamos, sacamos las emociones que se nos empozan en el alma y salvamos lo mejor de nosotros. 

 

¡Claro! Es muy fácil para mí escribir sobre los beneficios de un huracán desde la comodidad de mi habitación con una temperatura agradable e iluminada con una bonita lámpara. ¿Puedo ir a hablar de estos beneficios a quien perdió su casa o a sus familiares o amigos? No. Pero el huracán, en medio de la desgracia que le causa a las personas, irónicamente, saca a flote lo mejor de ellas: la solidaridad, la empatía, la comprensión. Se olvidan las diferencias, y ante la emergencia, prevalece el instinto de protección y de ayuda al prójimo. 

 

Ya de regreso a casa, pasé por una iglesia, en la que, por falta de energía eléctrica, ofrecieron el servicio en el estacionamiento. En ese acto simple: reunirse afuera, adaptarse a la circunstancia sin permitir que la situación los dominara, hay un gran poder de disciplina, determinación y persistencia: tres elementos esenciales para lograr exitosamente cualquier meta que nos propongamos. Sudados, los asistentes escuchaban a su líder, quien, dentro de su denominación religiosa, usaba el tema del huracán como pretexto para hacer una invitación a la reflexión sobre nuestras formas de vida. Aunque no practico ninguna religión en particular, coincidí con su exhortación. 

 

¿Que el huracán provoca desgracia? Sí. ¿Que cuestionamos por qué pasan esas cosas? Cierto. Pero, nos estremece y nos obliga a pausar y a repensar: he ahí la lección. Porque tanto el que no perdió nada, como el que solo se ha quedado con lo que tiene puesto, después de Irma, nada será igual. Y el cambio es oportunidad para crecer y evolucionar. 

 

*Imagenes de endi.com

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