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El sábado pasado tuve un encuentro tropical: 5 kilómetros de brea y sol. Mi entrenador quería probarme, porque no es lo mismo correr en el parque o en la pista, que ir por la ciudad y tener que lidiar con factores como tránsito, peatones, semáforos o cualquier otro inconveniente imprevisto que pudiera aparecer, además de la presión de correr junto a otros corredores. Un 5k (3.1 millas) no es una carrera larga. La ruta del que hice iniciaba en el Parque Central, seguía hacia Miramar y llegaba al Centro de Convenciones; hasta allí hay 2.5 kilómetros. A mi paso, trato de completar esa distancia en menos de 39 minutos. Esta carrera en particular presentaba otros “detallitos” que atentaban contra mi “performance” como dice una de mis amigas de la brea: en primer lugar, más de la mitad de los corredores inscritos tienen un “pace” (velocidad) mucho más rápido que el mío (ya sabía que llegaría en último lugar); por otra parte, la carrera salió a las cinco de la tarde, así que el sol me azotaba de frente; y para agravar el asunto, olvidé la gorra, las gafas y el bloqueador solar.

 

Empezó el evento. A los 5 minutos, vi al grupo alejarse de mí, cuando yo acababa de cruzar el portón del estacionamiento, ya la mayoría de los corredores salía por el principal, hacia la carretera. Correr con calor es un gran reto, y lo recordé a los 15 minutos de haber iniciado. Tengo rosácea, así que sin bloqueador ni nada que me protegiera, las mejillas se me enrojecieron en fracción de segundos.

 

No había completado la primera milla, cuando me topé con corredores que ya regresaban al parque. Eso me causó estrés, pues me di cuenta de lo lento que iba. Pensaba que llegaría en último lugar (eso lo sabía desde que me inscribí) y que se burlarían de mí; además, sentía vergüenza al ver que los voluntarios de la carrera, velaban por mi seguridad y detenían el flujo vehicular para que yo, 12 minutos después de que todo el grupo ya había pasado, cruzara y continuara mi trayecto. El sudor me caía en los ojos y estos me ardían.  Mi acompañante, un jovencito de 15 años, me llevaba sin respirar, agitándome para que avanzara y repitiéndome cada 3 segundos que si así pretendía realizar un maratón completo. Ante todos estos detonantes, se activó la voz en mi cabeza que me decía que no continuara.

 

A los 38:40 minutos crucé la meta con los cachetes rojísimos y  tan sudada como si me hubieran pegado la manguera. Me recibieron con una rosa y me aplaudieron los que habían llegado primero que yo, o sea: todos los inscritos.

 

La mente es poderosa y hace que una vea como reales las cosas que no lo son. En el relato anterior, todo era verdadero: el calor, mi lentitud, mis cachetes rojos, la rapidez de los otros corredores y mi pronóstico de que sucedería lo que, en efecto pasó: llegar en último lugar. Sin embargo, también fue real que completé los 5 kilómetros y que lo hice en menor tiempo del que pensaba. Pero, lo más importante para mí es que pude dominar mis pensamientos; pude ejercer una fuerza mayor sobre esa vocecita que habita en todos nosotros y que se activa solo para decirnos que no podemos hacer lo que queremos.

 

¿Saben qué? De eso se trata correr: de dominar la mente y de saber que todo pasa, que nada es permanente: las millas no son infinitas, el calor se contrarresta  y la velocidad se trabaja con práctica. Los demás, es creado por nuestros miedos e inseguridades. El éxito de los que queremos dependerá de cuánto caso le hagamos a esa voz que nos quiere sabotear.  Y esto es así en cualquier otra faceta en la vida.

 

*Todas las imágenes contienen su respectivo enlace de donde se obtuvieron las mismas.

 

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